El narrador argentino radicado en España concibió
una ficción tóxica, una maquinaria adictiva cuyo engranaje son los
escritores, la creación, los lectores, los libros. “Creo que es lo que
más me interesa y de lo que más sé”, señala.
“Del
polvo de nuestras historias venimos y al polvo sobre los libros
volvemos.” Algunos lectores juntan frases como quien intenta atrapar
puñados de arena con la mirada. El artefacto de la novela vibra en ondas
concéntricas, expulsando material radiactivo. En el centro de ese
universo magmático está El Escritor, que consagró su vida a la
literatura –nunca se casó ni procreó, “no quiere dejar viudas sueltas o
hijos firmando memoirs resentidas sobre lo mucho que sufrieron”– y que
decide desaparecer, dejar de escribir a cambio de poder seguir leyendo.
Si la mejor manera de contar una historia es a través de cuatro momentos
–como suscribe El Escritor–: principio, medio, final y deslúmbrame,
Rodrigo Fresán vuelve a deslumbrar con La parte inventada (Literatura
Random House), una ficción tóxica, una maquinaria adictiva cuyo
engranaje –tema y trama– son los escritores, la creación, los lectores,
los libros.
El exceso y la desmesura como virtud volcánica; la ambición
del aliento decimonónico, como un objeto extraviado que pocos esperaban
reencontrar y de repente es recuperado a la manera fresaniana; una
imaginación sin fondo ni fronteras que perfecciona la mentira y el modo
en que se toma algo de la realidad para invertirlo en la ficción. El
genoma Fresán en estado de ebullición. El título viene a cuento de un
comentario que Gerald Murphy –inspiración para el protagonista de Tender
is the Night– le escribió a Francis Scott Fitzgerald: “Sólo la parte
inventada de nuestra historia –la parte más irreal– ha tenido alguna
estructura, alguna belleza”.
Partes inventadas y partes reales surfean la corriente torrencial de
566 páginas en las que conviven La hermana loca de El Escritor, que
dice haber bebido la leche de una vaca verde y haber sido embarazada por
su novio en coma; El Chico que realiza un documental sobre la
desaparición de El Escritor y él también desea ser escritor –le gusta
más ser que escribir, menudo dilema– para conquistar a La Chica; Tom, un
músico amigo de El Escritor que se dedica a musicalizar noticias; Ikea y
sus metamorfosis: primera escritora de éxito luego escritor también
best seller que anda por el mundo explicando lo que escribe; y los
“borradores mentales” del Escritor con una seguidilla de posibles
principios para “un libro que fuese no vanguardista sino retaguardista:
la parte de atrás de un libro, su backstage y making-of, su how to en
código a la vez que piezas sueltas a las que hay que atrapar”. En
España, La parte inventada salió con una faja promocional. “Cuando la
vi, me corrió un escalofrío por lo que decía: ‘Rodrigo Fresán ha escrito
la novela total’. Después pensé que podía ir con un lapicito y libro
por libro poner: ‘Rodrigo Fresán ha escrito la novela total de Rodrigo
Fresán’. Para hacer más precisa esa frase. Mis libros tienen siempre
escritores, así que me dije que iba a escribir un libro con escritores
ultimate, definitivo, para no tener que escribir otros libros con
escritores; cosa que es imposible porque ya estoy escribiendo el próximo
y tiene escritores. Creo que es lo que más me interesa y de lo que más
sé”, plantea Fresán a Página/12.
–La desmesura es una palabra que se ha dejado de lado en la
literatura. La mayoría de los escritores no aspira a escribir grandes
novelas...
–No sé si se ha dejado de lado porque cada tanto aparecen libros
desmesurados, generalmente en contraposición a los otros, que los ayudan
a ser desmesurados por comparación. Hay una relación de fuerzas
armónicas o complementarias. Pero también es cierto que la cuestión
pendula entre el atractivo de la miniatura perfecta y el impacto de un
monstruo amorfo-expansivo. En ningún momento me dije: voy a sentarme a
escribir un gran libro en cantidad de páginas. De hecho los siete
segmentos o secciones del libro estaban abiertos al mismo tiempo. No es
que terminaba uno y pasaba al otro; todo se iba escribiendo como si
fueran naipes de una jugada que vas cambiando. Tenía la idea de que el
libro fuera un gesto que conectara con otro libro mío, La velocidad de
las cosas, al que sentía un siamés lejano. Probablemente dentro de
veinte años escriba un tercero que se llame La palabra justa y cierre la
idea. Son libros laboratorios, libros-manual de instrucciones o libros
summa teológica creativa.
–Hacia el final de la novela, hay una frase-mandato muy
reveladora: “¿Por qué no te vas a escribir?”, que los padres le dicen al
niño. Instaura un principio “inverso”. Casi siempre en el origen de un
escritor hay alguien que quiere escribir pero los padres no suelen
entender ese deseo.
–Yo no tuve ese problema. Una de las premisas que tenía era
inventarme un momento en donde hubiera decidido ser escritor, mi big
bang íntimo. Desde que tengo memoria quiero ser escritor, pero ahora
para mí es cierto. La paradoja es que a falta de un origen verdadero al
haberlo puesto por escrito es la versión oficial. Se acabó el problema.
De todas maneras, El Escritor no soy yo. Hace poco estuve en Nueva York y
me traje la biografía de John Updike, un escritor que me gusta mucho y
que trabajó con lo autobiográfico. Hay una frase de él que dice: “No hay
nada más verosímil que lo que sucedió elegantemente falsificado”. Y es
cierto.
–En La parte inventada hay cosas elegantemente falsificadas
que logran que los lectores ya no se estén preguntando qué es inventado o
no.
–Sí. Pero en un momento hay una reflexión sobre esto cuando El
Escritor se refiere a los que le preguntan todo el tiempo qué es verdad
del libro, como si la gente necesitara saber dónde le mentís y dónde le
estás diciendo la verdad. Que parecería que se ha convertido en un
problema, cuando para mí es un placer que alguien me mienta. Quizá por
cierto boom con la crónica y la no ficción, la gente considera más
respetable la idea de la historia verdadera. Una cosa que me sirvió
mucho es lo que hago en las contratapas de Página/12; en lugar de ser
corresponsal extranjero me convertí en español para contar la vida de
los españoles. Me parecía más interesante ese tipo de ejercicio de
falsificación. El otro día sacaba cuentas y ya llevo más tiempo de
escritor édito en el extranjero que el que pasé en la Argentina. Y el
libro está un poco imbuido de esa idea de extranjeridad, del afuera y
del alien. Para mí es un privilegio. Sé en el lugar que estoy, pero me
parece un lujo que la gente no sepa muy bien en qué lugar estoy. Esto
trae muchos conflictos, incluso sobre la percepción que se tiene de mí
como escritor. Hay un personaje muy extraño que se hace llamar Frefán
–como fan de Fresán–, que me envía toda mención que sale de mí en la
prensa, en Facebook, en Twitter. Cada tanto recibo esos mails pero trato
de no verlos. A veces me da cierta curiosidad porque el gran misterio
es que no sé si lo hace con maldad o benevolencia (risas).
–En esos informes, ¿qué encontró que le llamara la atención?
–Yo soy un problema en el sistema: yo no soy ni mediático, ni
planetario, ni narrativista puro... me gusta esa dificultad. Los
escritores que más me gustan producen esa dificultad. La parte inventada
es un poco eso: cómo ser o no ser un escritor. Cómo funciona la cabeza
de un escritor mientras no saben qué hacer con él.
–La cabeza de un escritor, al menos en esta novela, no deja de funcionar nunca.
–Nunca deja de funcionar. Pero creo que les pasa a todos los
escritores. Y creo que todos somos escritores en algún momento de
nuestras vidas y muchos deciden no serlo, ¿no? El otro día estaba
viajando en tren de Madrid a Barcelona y de repente por los
altoparlantes escuché la voz del guarda del tren que decía: “Les
recordamos a los señores pasajeros que está terminantemente prohibido
fumar en este tren, especialmente en el baño del vagón ocho”. Y me dije:
es un genio. Saqué la libreta y lo anoté. La gente tiene todo el tiempo
estos momentos de alta concentración literaria y de contar algo de la
mejor manera posible. Mucha gente incluso fantasea con ser escritor,
pero las cosas son un poco más complicadas.
–Esto conecta con una especie de estribillo que se reitera
en la novela: “cada vez me gusta más escribir, pero me gusta menos ser
escritor”.
–Eso lo comparto. De las aseveraciones categóricas del personaje de
El Escritor podría decir que comparto un cincuenta por ciento. Otras
pertenecen al personaje. El trabajo que hice con el personaje de El
Escritor a la hora de formarlo –que no me parece ni épico ni heroico,
sino bastante triste, patético y melancólico, en el peor sentido de la
palabra– es pensar en qué me podría haber convertido yo de haber
abrazado esa pulsión adolescente cuando se dice: “No voy a tener hijos,
voy a tener libros; no voy a tener parejas, voy a tener musas”. Es la
idea de alguien que no tuvo un hijo, entendiendo al hijo –para todos,
pero especialmente para los escritores– como pararrayos, como cable a
tierra y como rayos, las tres cosas al mismo tiempo. Los hijos te ubican
y te centran mucho más. Si no es como estar escuchando el canto de las
sirenas todo el tiempo. Que es muy peligroso. Los personajes reales del
libro, que son (William) Burroughs, Bob Dylan, Ray Davies, de los Kinks,
Scott Fitzgerald y Pink Floyd, están todos narrados en un momento de
limbo en que no saben cómo seguir con sus carreras o sus trayectorias.
Que es lo que le pasa a El Escritor.
–¿Por qué cada vez parece que hay más gente que escribe, más escritores?
–Cada vez hay más escritores, pero duran menos. Ahora me parece que
ser escritor es como un app: vamos a ver qué pasa, si funciona, si me
divierto, cuántos comments y cuántos I like tengo...
–¿Cómo explica el tono rabioso contra las nuevas tecnologías y el libro electrónico que hay en la novela?
–Eso está exagerado y es del personaje. Yo necesitaba que El
Escritor en la situación que está, que es una situación de desconcierto,
cierta cobardía y cierto temor, se buscase un enemigo tonto. No un
enemigo implacable. En lugar de estar preocupándose sobre cómo traer el
aliento novelístico del siglo XIX al siglo XXI, está insultando y
puteando contra las nuevas tecnologías. Toda esa parte gruñona de él me
causa gracia. Me parece que en algún momento se va a desmoronar todo por
una cuestión de saturación de la electricidad en el aire. No puede
estar el aire tan lleno de electricidad. Nos vamos a electrocutar todos.
Algo va a pasar, ¿no? Me parece que con que costara diez centavos de
peso cada Twitter la gente lo pensaría un poquito mejor.
–El Escritor, en la novela, plantea que cada vez se lee peor. ¿Coincide?
–La literatura goza de buena salud y los grandes libros tienen los
mismos lectores e incluso más, porque demográficamente somos más. O sea
que habrá cuatro lectores más que van a leer el Ulises de Joyce que hace
cinco años. Pero los best sellers son cada vez peores. Y eso me parece
preocupante porque en el terreno del best seller uno aprende muchísimo
como escritor. Con los buenos best sellers, con un Stephen King,
aprendés mecánicas narrativas, aunque después no te interese narrar de
ese modo. La gente que lee best sellers lee cada vez cosas peores; los
best sellers ahora no te conectan a otros libros, cosa que antes sí. Y
ahí hay un peligro. Antes leías a Jack London y llegabas a Jack Kerouac,
por una cosa tan ridícula como el mismo nombre o por el camino o por la
idea del joven que viaja, y entonces Kerouac te llevaba a (Ernest)
Hemingway. La última novela de escuela de vampiros te lleva a la próxima
novela de vampiros. Y nada más.
–¿Por qué en La parte inventada hay una mirada sobre el escritor y la escritura que es bastante romántica?
–Yo soy el último romántico, como Nicola Di Bari (risas). Siempre
quise ser escritor, es mi vocación original. Nunca tuve un plan B ni
tuve ninguna opción. La historia se las arregló siempre, incluso
complicándome las cosas, para que no pudiera ser otra cosa que escritor.
Para la ley argentina soy un semianalfabeto: sé leer y escribir, pero
no tengo terminado el colegio primario. Tengo una idea muy romántica y
muy infantil, no en el sentido de infantiloide, sino por siempre
infantil, como peterpánica. No sé si eso me mantiene joven, pero sí con
ganas de seguir escribiendo sobre escritores. Cuando los escritores se
ponen a escribir sobre libros, escritores y escritura, el humor no suele
ser una pieza del ecosistema. Lo que me redime a mí es el humor.
La etiqueta de “escritor pop” la ha sobrellevado con más o menos
gracia según pasan los años. “Una de las cosas más nobles que me dijeron
es que Rodrigo Fresán ‘es un Borges pop’. O algo por el estilo. Borges
era tan pop como Jane Austen. A partir del momento en que estás
reflejando hábitos, gestos y posturas de tu tiempo, es muy difícil no
ser un escritor pop”. Fresán cuenta que le parece un poco rara la figura
del escritor “viajero eterno”, casi de gira permanente. “Cada tanto hay
que salir, saludar con la manito y después te volvés a meter adentro
por unos cuantos años”, proclama.
–Pero la figura de escritor que prevalece es la del que va de feria en feria, de festival en festival.
–¡Que sean todos muy felices, que la pasen muy bien! A mí me cuesta
mucho salir de mi casa porque la paso muy bien. Hay escritores que sé
que viven con la maleta hecha, listos para esperar la próxima llamada.
Me alegra que a otros les guste porque me eximen de la obligación
(risas).